Lo que es normal (y no hay que tocar)
Casi todos los niños, en algún momento entre los tres y los ocho años, tienen un amigo que solo ellos ven.
Le ponen la mesa. Le guardan sitio en el columpio. Cuentan sus travesuras como si fueran reales.
Es parte de crecer. No hay que corregirlo, ni fingir que tú también lo ves. Solo acompañarlo con naturalidad.
Puede ser su imaginación o un familiar del «cielo» que lo acompaña.
Las señales que cambian la lectura
Hay un punto en el que ese amigo deja de ser solo un juego.
Cuando le «hace» decir o hacer cosas que tu hijo no quiere hacer.
Cuando le insulta, o le da miedo, y aun así no logra alejarse de él.
Cuando ya pasó de los ocho, nueve años, y sigue tan presente como el primer día.
Cuando prefiere estar con ese amigo antes que con niños reales, y se aísla por eso.
Ahí ya no hablamos solo de imaginación.
Y dice que puede ver fantasmas.
Lo que dicen pediatras y psicólogos
La recomendación habitual es clara y tiene sentido: si genera malestar, consulta con un profesional. Descarta lo que haya que descartar.
Es un buen primer paso. De verdad lo es.
Pero antes de que lo lleves a un psiquiatra, consulta conmigo.
La mirada que falta
Lo que casi nunca se dice es qué hacer si, después de esa consulta, el malestar sigue ahí. Si el «amigo» sigue actuando con una voluntad que no es la de tu hijo.
Ahí es donde trabajo yo, sé lo que le está costando a tu hijo, y cómo ayudarle a recuperar el control de su propio espacio.
Acompañamiento
Esto se trabaja siempre en familia, nunca solo con el niño por un lado.
Si tu hijo tiene un «amigo» que ya no sientes que sea solo un juego, hablemos. Una videollamada de 20 minutos, sin coste, es el primer paso.